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La transición energética, cuanto más rápida y valiente, mejor

Ni la caída en picado del precio del petróleo en los primeros meses de 2015 ha parado el impulso de las energías renovables alrededor del mundo. El año 2015 fue un año de récords históricos, tanto en términos de inversión global (más de 300.000 millones de euros) en tecnologías de energía limpia como en capacidad instalada. Además, el acuerdo mundial del clima firmado en París a finales de año parece indicar que esta vez, la transición energética hacia un modelo descarbonizado más sostenible se ha, como mínimo, iniciado, no sin resistencia y presión de determinados sectores económicos.

El Informe de Riesgos Globales de 2016 del Foro Económico Mundial celebrado en Davos a finales de enero, declaró que el mayor riesgo para la paz y la prosperidad global es el cambio climático. Tanto el informe de Davos como el acuerdo de París representan un cambio de retórica, para algunos más simbólico que ejecutivo, que se espera que conduzca a la generalización de la conciencia de los riesgos que el cambio supone en términos no sólo medioambientales, sino también sociales, económicos y financieros.

Las renovables, más sexis que nunca

Es esta conciencia creciente, sumada a políticas gubernamentales favorables, la que hace que cada vez más empresas se esfuercen, por un lado, en limitar su exposición a estos riesgos y, por otro, en adaptarse a futuras políticas como un posible impuesto sobre las emisiones de dióxido de carbono.

Paralelamente, un proceso parecido está teniendo lugar en mercados financieros. A final del mes de enero, la agencia de rating Moddy’s anunció que la cumbre de París podría provocar un nuevo récord en 2016 para la emisión de los denominados bonos verdes, que financian proyectos de energías renovables u otros proyectos empresariales bajos en carbono. Este mercado, que existe desde 2007, ya consiguió su nivel máximo en 2015. Los bonos verdes, a pesar de ser una señal del cambio de tendencia, aún representan una parte pequeña del mercado general de bonos, y la sostenibilidad aun tiene un largo camino por recorrer para ser un criterio habitual de inversión.

Invertir en futuro en lugar de subvencionar el pasado

Aún así, la transición energética hacia una economía descarbonizada, como cualquier transición, requiere un período de adaptación en el cual es habitual que las fuerzas del anterior modelo se resistan y traten de atrasar cambios que, al menos en una primera instancia, parecen ir en contra de sus intereses.

Frente a este escenario, no son pocos los que han insistido en un mensaje que parece ahora más importante que nunca: la transición energética, cuanto más rápida la hagamos, mejor. El secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, hizo una petición expresa a los empresarios líderes mundiales para que asuman el reto de llegar a 2020 habiendo duplicado la inversión en renovables, hasta los 600.000 millones de dólares anuales.

También el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, señaló durante su discurso del Estado de la Nación a mediados de enero, la importancia de acelerar la transición hacia un sistema energético limpio. Algo más tarde, al presentar los presupuestos para 2017, recordó: “en lugar de subvencionar el pasado, deberíamos invertir en el futuro”, y anunció que duplicaría los fondos de investigación y desarrollo de energías renovables hasta 2020.

La resistencia al cambio en todas sus formas, las políticas tímidas y las medias tintas de los sectores que se resisten a evolucionar hacia la descarbonización de la economía no harán más que prolongar el período de cambio e incrementar los costes que acompañen cualquier adaptación de estas magnitudes.